Nostalgia del Régimen

A partir del 21 de Noviembre de 1975 parecía como si en España Franco y el franquismo hubiera sido cosa de un pasado lejano. La mayor parte de los que antes le idolatraban y veneraban ya no se acordaban para nada de él y por arte de magia se habían convertdo en Juancarlistas y monárquicos. Eso de decirse franquista en los nuevos tiempos sonaba mal y no atraía a muchos «followers», sino más bien a «haters». El Juancarlismo parecía una fácil reconversión y una adecuación a los nuevos tiempos que olían más a Democracia y participación. Todo estaba atado y bien atado y bajo ese entusiasmo que los poderes fácticos animaban a profesar por el nuevo Jefe del Estado se encontraba una inteligente estrategia consistente en ensalzar la figura del nuevo monarca y así evitar hablar del dictador que con mano de hierro había dirigido los destinos de España durante casi 40 años. Pero, ¿de dónde salía tanto monárquico ?, ¿habían surgido por naturaleza espontánea?, ¿estaban escondidos y salían en ese momento del armario político engalanados con los nuevos trajes que salian de la constitución?. El nuevo rey había sido designado por Franco y eso implicaba una garantía de reforma no abrupta del antiguo régimen, sin peligro para los dirigentes y cargos del franquismo y con la garantía para los poderes fácticos de que las cosas se iban a reformar pero no se iba a juzgar el pasado ni a sus actores principales. El rey era garantía de orden y sobre todo de evitar «revolver el pasado». El Juancarlismo fue apuntalado el 23 f, cuando no se sumó al golpe de Estado. Los guardianes de las esencias patrias lo elevaron a los altares y a partir de entonces su figura de garante del orden y la ley fue reconocida por una gran cantidad de gente perteneciente a espectros ideológicos diferentes. ¿Cuántas veces se ha oído la siguiente cantinela: » como persona de izquierdas soy de principios republicanos pero me declaro Juancarlista por el gran papel que desempeña el monarca»? Pero claro, como dice el sabio refranero popular «la mierda siempre flota» y por mucho que se intenta tapar al final acaba por salir a la superficie. De nada han servido la abdicación, ni sacrificar a Urdangarín y presentarlo a la opinión pública como la excepción a la conducta ejemplar en la Casa Real. El cortafuegos no ha funcionado, y las graves e inquietantes acusaciones que se van conociendo sobre las actuaciones de Juan Carlos han obligado a los poderes fácticos a asumir que la figura del emérito está totalmente desacreditada, amortizada y que hay que aislar a Felipe VI y desligarlo de su padre para que la monarquía no peligre. La derecha y el PSOE oficial se declaran ahora abiertamente Felipistas y parece que Juan Carlos no existe ni ha existido. Nos encontramos ante un «deja vu» de lo vivido a raíz de la muerte de Franco, cuando ya nadie salvo los nostálgicos se declaraba franquista, sino Juancarlista. Ahora, tras la «muerte civil» del emérito toda su hinchada se ha vuelto Felipista y reniega de sus antiguos colores. Sin embargo, como pasó en la transición, ahora también tenemos algún que otro nostálgico, y que en este caso ha salido en socorro del emérito. Se trata del que hace poco se autodefinía como jarrón chino. ¿A qué se deberá esa defensa numantina?

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